DESBORDADOS

DESBORDADOS

Hablar de Dios y “comprenderlo” como Trinidad es, por encima de todo, confesar que Dios desborda nuestra capacidad de comprensión; pero, a la vez, es afirmar que “conocemos” dónde se sitúa su misterio, porque él mismo nos lo ha revelado, respondiendo con rigor y coherencia absoluta a nuestros interrogantes radicales, y ayudándonos así a tener una idea cabal de su trascendencia y del horizonte y sentido de nuestra persona y de la realidad en la que existimos. No es nuestra reflexión la que nos conduce a la concepción de un Dios trino, sino la recepción de su revelación. Se trata de sacar las consecuencias de lo que nos ha mostrado y enseñado la experiencia de la vida de Jesús y de su peculiar, inimitable e inimaginable personalidad.

Porque si Jesús arrastraba y arrastra a multitudes; si un hombre con “autoridad” como la suya, pero que rehuía el poder y el servilismo, sin caer nunca en exhibicionismo ni populismos, trastoca nuestras conciencias y decide la historia humana viviendo, muriendo y resucitando, es porque su vida, contrastando con la nuestra, con nuestras valoraciones y con nuestras pretensiones y objetivos (por “santos” que sean), resulta provocadoramente atractiva, plena de sentido, y absolutamente convincente; contemplando en él, como único caso en la historia humana, una persona de tal modo “viviendo para los demás”, en esa dimensión suya peculiar y exclusiva de teocentrismo y  pro-existencia, que hablar del misterio de la vida, de la realidad y de Dios tiene que estar marcado por él mismo. Ser receptivos a su persona y a su vida es lo que nos hace poder “comprender” a Dios y comprendernos a nosotros mismos.

Y hablar de la Trinidad de Dios es, simplemente, precisamente, sacar las consecuencias de mirar esa vida suya, que como la de toda persona, pero en su caso de una forma nueva y concluyente, nos encara con el enigma de la vida y con nuestro horizonte de infinito.

La “ex-centricidad” de Jesús es la propia de Dios, y en él la descubrimos plenamente, obligándonos a hablar de Padre, de Hijo y de Espíritu Santo. A Jesús sólo se le identifica “saliendo de sí mismo”, “desviviéndose” para dar vida a los demás, y él nos hace patente que Dios es, y ha de ser, quien vive en otro, y quien solamente porque vive “fuera de sí mismo” llega a ser él mismo.

En suma, Dios no es “el poder absoluto”, sino el amor incondicional, el que nos desborda porque se desborda a sí mismo dando vida y recibiéndola del otro; ése es el verdadero misterio, cuya única forma de nombrarlo, siendo fieles al hombre Jesús y aprendiendo de él, es afirmarlo como Padre, como Hijo y como Espíritu Santo…

Por |2026-05-29T21:24:52+01:00mayo 30th, 2026|Artículos, General|Sin comentarios

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