RESPONSABILIDAD
Una fe auténtica y responsable, una actitud de verdadera confianza en Dios y de aceptación del evangelio y sus consecuencias en nuestra vida, exige el esfuerzo continuo por penetrar y profundizar en ella; porque implica, como ya pedía san Pedro, “dar razón de nuestra esperanza” y manifestar su coherencia y su sentido, la verdad de su discurso y la sensatez de sus pretensiones; es decir, no puede conformarse con un mero fideísmo ni con concesiones a lo irracional, sino someterse a la razón y a la crítica con decisión, esfuerzo, rigor y valentía. La tarea filosófico-teológica es ineludible para el cristiano y para la iglesia. El asentimiento ciego no es humano y no puede ser cristiano.
Pascal desde su vértigo no dejó de preguntarse por él y de intentar, razonando tanto como Spinoza, aunque las reflexiones y consecuencias de ambos fueran tan opuestas, elaborar respuestas de sentido. Y el mismo intento de Schleiermacher y otros por basar la religión en el “sentimiento”, es un palmario ejemplo de su pretensión de hacerlo razonable.
La lucidez y el esfuerzo intelectual de filósofo y teólogos se sitúan en esa necesaria dimensión racional de nuestra fe (como de todo lo humano) que hemos de cultivar y reclamar. Los interrogantes no nos lanzan al vacío, para que los asumamos con resignación y consuelo, simplemente “fiándonos y sin pedir cuentas”, sino que son provocación a nuestra madurez personal y deben llevarnos a profundizar nuestra realidad cuestionando lo que somos desde la asunción del triple misterio al que nos orienta: el de Dios, el de nuestra persona, y el del universo.
Atreverse a pensar, no tener miedo a ahondar en la realidad y en nosotros mismos, para delimitar cada vez mejor tales misterios, es una exigencia de la fe y del evangelio.
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