¿TRANSUBSTANCIACIÓN?
No dudo que fuera legítimo, e incluso apropiado y conveniente a los tiempos, aplicar el concepto filosófico de sustancia y el término transubstanciación a la teología sacramental de la eucaristía, y afirmar (eso sí, de forma obsesiva, y de un modo excesivamente inconveniente y apasionado), la “presencia real” de Cristo en el pan y el vino consagrados según su mandato; pero es bien evidente a todos hoy la “irrealidad” de una comprensión literal y lo poco convincente, así como improcedente, de tal denominación; y por eso grandes teólogos han propuesto otros términos más apropiados.
Que la realidad material del pan y el vino tras la consagración no ha sufrido alteración alguna en sus elementos físicos está fuera de toda duda y no puede discutirse: los átomos y moléculas no se han transmutado como sí ocurre en una reacción química o en los elementos radiactivos… siguen siendo pan y vino…
Así, que sean ahora “cuerpo y sangre de Cristo” significa que, de acuerdo a su promesa y voluntad de permanecer con nosotros para siempre en esta tierra (en espera de “la recapitulación de todas las cosas en él”), él se las apropia y las hace suyas, parte integrante de su entrega total, la cual es el distintivo de su identidad, de su persona, de su vida y de su muerte y resurrección. El pan y el vino son cuerpo y sangre de Jesús, es decir su persona, en la medida en que lo fueron en aquella última Cena: como expresión y signo eficaz de su disponibilidad incondicional, al ofrecernos con ello la manera “cierta”, verdadera y real, de integrarnos, al aceptarlos como nuestros, en esa personalidad suya divina y misteriosa.
Su consagración en nombre de Jesús y por fidelidad a su mandato, no los ha cambiado a ellos y convertido en algo materialmente distinto a lo que eran, sino que los ha hecho medio, sacramento, para cambiarnos a nosotros uniéndonos a él, tal como ocurre en los otros sacramentos (cada uno a su propio nivel), pero en este caso no quedando en el “signo externo”, sino que lo integramos incluso materialmente (en la terminología clásica deberíamos decir que es nuestra persona la que es “transubstanciada” al ser inhabitada por la gracia, al ser sellada como “templo del Espíritu Santo”). La referencia directa del pan y el vino consagrados a la persona de Jesús debido a la eficacia de su palabra hecha promesa, hace que el mismo Jesús se “actualice” para nosotros y esos elementos se conviertan en “momento y ocasión” (kairós) de in-corporarnos a su propia vida y persona como horizonte de la nuestra, expresándole con ello nuestra voluntad de “sumergirnos” en él, entrando, persistiendo y fortaleciendo nuestra comunión con él, compartiendo su propia vida. Comulgar garantiza comunión con su persona.
Pero, pasar de ahí a la desmesura que ha caracterizado algunas actitudes y algunos tiempos de la historia con excesos tanto en el lenguaje “realista” como en las prácticas piadosas fomentadas, y que se siguen promocionando a menudo con efusiones emocionales y con aparentes misticismos irreflexivos (más próximos a la emotividad, sobre las que nos han puesto en guardia recientemente nuestros obispos) y con actitudes de devoción folclóricas y populistas, explotadoras de una fácil sensiblería y haciendo acopio de “iluminados”; eso es profanar realmente el verdadero misterio, ignorar la auténtica revelación divina, desprestigiar la sana teología, practicar un “escapismo” supuestamente piadoso y devoto, pretender explicaciones imposibles, banalizar y concentrar lo profundo en lo superficial; y, en resumen, y sin pretenderlo, falsear el mandato y terminar por ignorarlo, sumiéndose en arrobamientos intimistas y eludiendo las dimensiones, precisamente abiertas por Jesús como responsabilidad de sus discípulos, aquellas a las que los convoca explícitamente al decirles: “Haced esto en memoria mía”, las de la auténtica, sincera y exigente comunión con Dios y con los hermanos, y así ser y hacerse “presencia real” de Cristo en nuestro mundo desde la unidad inquebrantable con él.
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