CAMINO, VERDAD Y VIDA

CAMINO, VERDAD Y VIDA

Afirmar Jesús que es “camino, verdad y vida” es una rotunda invitación a superar lo emocional, y no quedarnos en el sentimentalismo del “encuentro deslumbrador” (encuentro necesario e irremplazable, pues es la constatación del interés personal de Dios por cada uno de nosotros, de su iniciativa y su llamada; pero que busca llamar al seguimiento consciente y entregado); sino adquirir plena conciencia de un deber irrenunciable y de una tarea ineludible para que sea real y auténtico nuestro “seguirlo a él y solamente a él”. Ese deber y esa tarea son los de profundizar desde nuestra razón libre y crítica en la comprensión de su misterio (siempre limitada, perfectible y provisional), en saber cada vez mejor qué es lo que nos descubre el propio Jesús respecto a Dios y a nuestra propia vida, porque eso y no otra cosa es afirmar que él es “el Hijo”, el “Mediador único”, la “Palabra de Dios”; y, con ello, además de “el Revelador definitivo”, es el Salvador, el Mesías, el dador de sentido, la Nueva Humanidad.

Él es el camino para comprender la verdad de la vida, un camino intelectualmente esforzado y riguroso que hemos de recorrer desde el conocimiento de nosotros mismos, respondiendo lúcidamente desde él a los cuestionamientos implícitos en nuestra existencia y a los desafíos que a la vida, abierta al futuro y orientada a la convivencia y fraternidad universal, nos dirige su evangelio.

La convocatoria de Jesús no es al arrobamiento místico (que no se excluyes), ni a formar un ejército de iluminados, o llamar a un engañoso y ambivalente sentimentalismo; sino a un compromiso de vida, precisamente porque en Él descubrimos la verdadera y cabal respuesta a nuestras inquietudes e interrogantes, una respuesta articulada y coherente con las exigencias irrenunciables de nuestra razón, cuya búsqueda insaciable exige acceder a la verdad, ya que la verdad implica la lucidez respecto al universo y a la vida, la coherencia absoluta de la realidad, y el logro de la plenitud de la persona.

En resumen, aceptar que Jesús es “la verdad” supone asumir que la “vía intelectual”, la razón en su búsqueda de ella, nos conduce a identificar en él una apertura al misterio de la realidad y de la vida, ligado al misterio de Dios y de nuestra persona; misterio que, al afirmarlo como tal, no implica absurdo ni irracionalidad, sino todo lo contrario: es lograr la máxima elucidación posible a la humanidad respecto a su ser, a su esencia, a aquello en lo que consiste ser “persona humana”.

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