INSISTIR (Lc18, 1-8)
Para el cristiano “insistir”, más que “reivindicar derechos” significa “ir a contracorriente”, y saber mantenerse en esa actitud, la “opuesta al mundo”, con firmeza y constancia, sin desfallecer, a pesar de todas las incomodidades y de todos los empujones y obstáculos que se nos quieran poner; que siempre serán muchos y desde distintos ángulos, porque nunca va a ser aceptado sin oposición que en medio de nuestra sociedad, y de esos falsos “valores” que rigen nuestra conducta: la rivalidad, el afán de protagonismo, la voluntad de influencia y de poder, la vanidad, etc., alguien reivindique la humildad y la sencillez, la verdad y la transparencia, el perdón y la misericordia; o que diga abiertamente lo de Jesús: que su evangelio prohibe buscar los primeros puestos, dejar de lado a los pobres y humildes, o rezar con la autosatisfacción de quien se siente superior a los demás, sobre todo cuando pretende que precisamente “su fe” le concede tal superioridad, incurriendo así en una explicita condena…
Como en otras parábolas provocadoras de Jesús, en la de la viuda y el juez se ve una flagrante descripción de “lo que no se debe hacer”: lo que hace el juez, como advertencia y aviso para que no confiemos en que el seguimiento del evangelio vaya a cosechar aplausos y se nos van a dar facilidades; sino al contrario, que sepamos que vamos a estar siempre tan a contracorriente, que incluso si se nos concede algún “derecho” y se llegara a reconocer la conveniencia de aceptar “el Reino de Dios y su justicia”, no será por afán de verdad y deseo de aceptar esa forma de vida, sino por mero interés u oportunismo.
De ahí que lo auténticamente evangélico no sea instalarse en ningún contexto social o cultural, con esa añeja y errada (por mal interpretada) intención de “cristianizar” todas las costumbres del mundo; sino reconocerse siempre en la corriente contraria, convirtiéndonos, como el propio Jesús, en personas marginales, incómodas para todos, y especialmente para tantas personas oficial y presumidamente “religiosas y practicantes”, y para tantos influyentes y responsables detentadores y administradores del poder y del orden social. En realidad, Jesús convoca a una Internacional de la fraternidad, siguiéndolo a él y viviendo como él.
Y, naturalmente, la parábola de la viuda y el juez, como el completo evangelio, tiene su verdadera lectura “positiva”: la audacia de una viuda, de quien no tiene nada que perder porque no tiene nada, es tan incómoda con su sencillez y su nulidad aparente, que se convierte en la única fuerza capaz de que la autoridad injusta se sienta amenazada, al poner de manifiesto su verdadera razón de ser. Precisamente ella, incapaz de amenazar ni de encontrar el más pequeño punto de apoyo frente a la arbitrariedad del juez, subvierte el orden social establecido…
Y es que el evangelio es una prueba “de resistencia”… de resistencia al mal; y no sólo al mal “directamente” dirigido contra la persona del creyente, sino a su institucionalización y a su “contagio” en la vida normal, y en tantas de nuestras rutinas aparentemente “inocentes” porque nos acostumbramos a ellas y las vemos influir y determinar nuestro día a día; y porque, ciertamente, no encontramos “culpables directos” de ellas, sino modos lamentables que hemos consentido vayan marcando el rumbo y tejiendo los hilos de nuestra red social.
Insistir es eso: ir a contracorriente. Porque, en definitiva, lo único que queremos es “ser de Cristo”; y somos bien conscientes tanto de nuestra fragilidad, como, sobre todo, de la extraordinaria fuerza de Dios y de su seguro triunfo final definitivo, tal como ya sabía y nos decía san Pablo:
Pero este tesoro lo llevamos en vasijas de barro, para que se vea que esa fuerza tan extraordinaria es de Dios y no viene de nosotros. Nos aprietan por todos lados, pero no nos aplastan; estamos apurados, pero no desesperados; acosados, pero no abandonados; nos derriban, pero no nos rematan; paseamos continuamente en nuestro cuerpo el suplicio de Jesús, para que también la vida de Jesús se transparente en nuestro cuerpo (2 Cor 4, 7-11)
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