GRATITUD Y DISPONIBILIDAD (Lc 17, 11-19)

GRATITUD Y DISPONIBILIDAD (Lc 17, 11-19)

El relato lucano de la curación por Jesús de diez leprosos, de los que solamente uno, y éste samaritano, vuelve para agradecérselo y convertirse en seguidor suyo, es buena ocasión para hacernos un “examen de conciencia” como cristianos; es decir, supuestamente “buenos discípulos”.

La conclusión a extraer del relato es bien clara y no ofrece dudas ni permite componendas: la única vía que lleva a un auténtico y comprometido seguimiento de Jesús, es la gratitud. Y la gratitud conlleva irremediablemente disponibilidad, de lo contrario no es ni honrada ni sincera, sino “interesada”; y entonces no manifiesta ni revela un corazón limpio y humilde, realmente agradecido, sino la simple y mezquina satisfacción por “haber conseguido lo que se pretendía”; casi podríamos decir: “por haberse salido con la suya”…

Aunque nos es difícil reconocerlo, la gratitud a Dios entre nosotros, los cristianos, es con frecuencia un mero lenguaje de circunstancias o rutina, y un simple discurso teórico que no va en absoluto acompañado de la entrega y disponibilidad a las que debe conducir cuando es sincero; y, en no raras ocasiones, hablar de “lo mucho que uno está agradecido a Dios por los favores que le concede” se convierte en un sentimiento de “privilegio”, y en un pretexto no para mostrar disponibilidad, sino para pretender protagonismo, y para presentarnos no como servidores sino como manipuladores, y no como siervos humildes dispuestos a lavar los pies a sus hermanos, sino como pretendidos “maestros” (evidentemente, falsos…), cuyos pies precisamente deben lavar los demás…

Creo que todos conocemos pretendidos y autoproclamados “cristianos comprometidos”, cuyo compromiso es, en realidad, afán de protagonismo, ejercicio de poder y superioridad, y exigencias de reconocimiento por parte de los demás. Pretenden que el agradecimiento es, precisamente, lo que el resto de cristianos debe mostrarles a ellos; y todo su cacareado “comprometido esfuerzo”, lo es por ocupar cargos y ser los consultores y “consejeros” de quienes, justamente porque no buscan esos “puestos de honor”, les aventajan en humildad y verdadera disponibilidad y esfuerzo con una actitud silenciosa y modesta que no reclama publicidad, exhibición ni protagonismo.

Al hilo del relato evangélico, no hay por qué dudar, en principio, de la sinceridad y buena actitud de ninguno de los diez leprosos al presentarse a Jesús pidiéndole la curación: todos reconocen su poder y se inclinan humildemente ante él, cumpliendo luego lo que les dice. Pero la verdadera actitud y el fondo de su corazón se manifiesta tras recibir el favor divino: solamente uno, el samaritano, sabe sacar las consecuencias y puede “ser salvado” (además de, simplemente, “curado”), al convertirse en alguien que confía plenamente en Jesús y está dispuesto a seguirle; sólo uno tenía realmente un corazón sincero y sencillo, y descubre el verdadero regalo…

Es evidente que la gratitud, y su consecuente disponibilidad, no son una “condición” para ser beneficiado con un “milagro” o un favor divino: la curación de los otros nueve también es definitiva, y Jesús no les va a revertir a su lepra a pesar de no ser agradecidos…, pero por mucho que pretendieran ahora presumir de “elegidos”, de “privilegiados” por Dios, mostrando su curación, no acceden a su discipulado ni podrán arrogarse “don de consejo” o superioridad alguna…

Me atrevo a fantasear que esos nueve, precisamente por ser evidente para todos su curación, “no tienen tiempo” para pararse a considerar que tal acontecimiento debe marcar algo decisivo y que es imperante el encuentro personal, humilde y salvador, con Jesús; sino que corren presurosos a su parroquia para que, presumiendo ante todos del favor divino, les nombren sus patrones y dirigentes, y los consideren como las personas idóneas para dar consejos y para organizar el culto y la acción de gracias a Dios por parte de “su comunidad”… el contraste no puede ser más burdo e hiriente: los insensibles para descubrir y apreciar la verdadera presencia amorosa de Dios en Jesús, y comprometer humildemente su vida en la disponibilidad y el seguimiento sencillo, buscan y pretenden ser quienes digan a los demás dónde encontrar a Dios y darle gracias; e incluso del otro van a decir despectivamente: “es un samaritano”…

¿Fantasía mía? Desde luego; pero no tan lejos de la realidad… Sin embargo, quedémonos con lo decisivo: sólo una limpieza de corazón, que conduce a una actitud profunda, sincera, y realmente comprometida, de gratitud a Dios por lo que hace con nosotros, y que nos convierte en humildes servidores con completa disponibilidad para seguirle, sin necesidad de protagonismos, de condecoraciones, o de ser reconocidos por todos; sino, simplemente, porque queremos que cuente siempre con nosotros para hacer presente esa indulgencia y bondad suya que hemos experimentado, su cercanía y su ternura; solamente ese verdadero compromiso, puede salvarnos y convertirnos en seguidores, en miembros (uno más, el más pequeño) de su discipulado. 

Nosotros seamos el samaritano y vivamos felices al lado de Jesús, agradecidos y dispuestos al servicio, gozando de entregarnos a los hermanos…; dejemos que los otros nueve busquen el aplauso…

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