UN POCO DE CORDURA

UN POCO DE CORDURA

Las frecuentes declaraciones, que podríamos considerar auténticas denuncias, del Dicasterio para la Doctrina de la Fe, referentes a “falsos misticismos y abuso espiritual”, así como su critica consecuente de experiencias espirituales y presuntas apariciones, a las que me referí en mi último artículo; a mi parecer quieren ser una sana y contundente advertencia y crítica a nuestra tendencia a situar el interrogante religioso en el sentimiento y lo emocional, abrigándolo ahí al amparo de toda crítica e “inmunizándolo” así supuestamente frente a toda razonable y justa “petición de cuentas” por parte de la razón; ya que es permanecer en un infantilismo de la fe, que no es digno de su dignidad y nobleza. El “tribunal de la razón” nunca es un peligro o amenaza para una fe madura y cabal; y más bien, por el contrario, le es siempre exigible; yo incluso me atrevería a decir que es el verdadero camino que conduce a una fe cristiana, y en general a una actitud y visión religiosa de la vida, acorde y coherente con las implicaciones del “encuentro” con Jesús, si queremos partir de ese modo experiencial y personal de plantearla.

Anclar la fe personal en el sentimiento y lo emocional, queriéndolo hacer pasar por lo genuino y cabal del evangelio cristiano es falsearlo inconscientemente (no diré que “culpablemente”), y secuestrar así la verdadera seriedad, firmeza, radicalidad, coherencia y transparencia de la propuesta y convocatoria de Jesús, el Cristo. Su evangelio es siempre desafiante y crítico, provocador desde nuestra racionalidad exigente y rigurosa, y reclamando una fe adulta, que se interroga y responde de frente, sin buscar escapatorias ni recursos elusivos; sin olvidar nada de lo humano, pero otorgando precisamente a su razón libre y autónoma el privilegio del sentido y las respuestas.  Y no hablamos de intelectualismo sino justamente del carácter de persona humana y de su dignidad “divina”; que exige, por encima de todo, respuesta lúcida a los interrogantes vitales del hombre, aportándole sensatez y convocando no al repliegue en el ensimismamiento y la intimidad irreflexiva y “mística”, sino el desafío de las puerta abiertas, de la plaza pública, del “evangelio en salida”, como decía el Papa Francisco, en las periferias…

No se es fiel al mandato y convocatoria de Jesús tomando su evangelio y edulcorándolo, maquillándolo y falsificándolo (cuando no prostituyéndolo con la mejor “buena voluntad”), a base de concesiones a la sensiblería y a la fácil emotividad de “experiencias profundas de encuentro”, que implican un cortejo de detalles y de secuelas psicológicas dignas de sesiones de psicoterapia, pulsiones afectivas gratificantes, secretismo o exclusivismo en sus convocatorias, discriminación, actitud de confabulación de corte sectario, apelación enfermiza a “dejarse llevar por el Espíritu Santo”,  y oscurantismo en esa nebulosa de “lo espiritual” (incluidos exorcismos, invocaciones “carismáticas”, “sanaciones” y “deslumbramientos”, conciencia de “iluminados”, etc), que hace patente una desconsideración y alergia a la crítica teológica y a la fundamentación racional.

Sin embargo, la “gente sencilla” de la que habla Jesús como discípulos suyos, no es la del asentimiento inconsciente o el caprichoso y evasivo “dejarse llevar por la inspiración del Espíritu”, que no da cuentas de nada ni a nadie, y se autojustifica con toda la carga emocional alimentada por colectivos afines y por el refuerzo de la complicidad afectiva. De hecho, en la tradición cristiana la verdadera mística es excepcional, y no busca ni puede pretender populismos y publicidad o propaganda; más aún, en cuanto parece que se hace supuestamente popular y extensiva, o reclama proselitismo, se prostituye necesariamente y muestra un perfil de superstición e idolatría.

En suma, en el mejor de los casos, para aceptar y no dudar de la buena voluntad de base en tantos sinceros cristianos animados de la mejor intención y pretensión de santidad, pero burlados o desanimados por el rigor exigente de la razón teológica, y mal orientados debido a la desgraciadamente extendida y fomentada “pereza de pensar”; diré que esa deriva sentimental y emotiva conduce irremediablemente al equívoco, a la unilateralidad y a la autocomplacencia gratificante y justificativa, tergiversando y no asumiendo la verdadera carga de libertad en el Espíritu Santo, de comunión con Cristo, y de madurez, franqueza y firme responsabilidad en el encargo y misión de anuncio, de dar razón de la esperanza, y de convocatoria al Reino de Dios. Ser cristiano exige, inapelablemente, no sólo un poco, sino  el máximo de coherencia y de cordura…

Por |2026-07-17T18:13:58+01:00julio 17th, 2026|Artículos, General|Sin comentarios

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