¿MIEDO A QUÉ?

¿MIEDO A QUÉ?

Los interrogantes radicales, e imposibles de ignorar ni de silenciar, constituyen el fundamento de esa aventura personal que es nuestra vida, y son los que nos reclaman, a la vez que nos impelen a, “llegar a ser quienes somos”; es decir, a alcanzar la plenitud de nuestra propia identidad, siempre en proyecto y en proceso; ya que nuestra “esencia”, como la de Dios, no es  en absoluto la del ser impasible e inmóvil, sino la del devenir en dinamismo infinito.

A Pascal, como a Schleiermacher y a una multitud de filósofos y teólogos afines, portavoces de un pensar y una actitud muy humana e “intuitiva”a, le daba vértigo el infinito; y lo que psicoanalíticamente con tanta lucidez supo ver Feuerbach (para mí, con mucha mayor coherencia y rigor que Nieztsche) en esa actitud huidiza y proyectiva que apelaba al “sentimiento”, era en el fondo miedo; un miedo ante el desafío del infinito propuesto a la libertad humana, un pánico ante el misterio insondable del yo, de la realidad, y de Dios, último y supremo escalón del infinito.

Descartes, Kant, y el idealismo culminante en Fichte, Schelling y Hegel, en lugar de miedo ante el abismo, sintieron el atractivo y la responsabilidad de emprender la hercúlea y prometeica tarea de responder al desafío humano y divino integrando al hombre y su razón en una definitividad hecha sistema; de ese modo, al margen de sus especulaciones y sofisticadas reflexiones, manifestaban la verdadera trascendencia de lo inmanente.

Husserl, Heideger y la fenomenología del siglo XX ha preferido evitar los riesgos del pensar sustituyéndolos por el riesgo del “elucidar” y (¿simplemente?) “describir” y apelar a la hermenéutica (una forma de “inmunización”, en rigor no muy convincente); pero en sus reflexiones y análisis (que en ocasiones suenan más alambicados y petulantes que las abstrusas disquisiciones escolásticas ya caducas, y no más justificadas que aquellas), y no digamos en sus derivas existencialistas, parecen contentarse con la resignación, cuando no con la amargura y la angustia, conformándose con descubrir que “somos para la muerte”… y así, simplemente esperarla… o incluso lanzarse a ella…

Frente a tal historia, vale atreverse a, con toda sencillez, alegría e ilusión de vivir, apreciar en toda su coherencia, hondura y auténtica revelación de lo que es nuestra persona en su misterio, anclado en el de la realidad y en el de Dios, escuchar la prosaica y anodina propuesta del evangelio; y, sin renunciar al enigma que somos y en la evidencia de su horizonte de sentido y de futuro, regocijarse y hacer nuestras las concluyentes y tan poco “sesudas” palabras de Jesús, como culminación de lo que su propia vida nos descubre:  “No tengáis miedo…”

Si, como en su caso, el amor incondicional y gratuito es la perspectiva y la auténtica dimensión de nuestra vida, y nos llena de gozo el horizonte de infinito que nos abre; entonces, verdaderamente, es imposible tener miedo, ni a pensar ni a vivir…

Por |2026-06-19T20:04:01+01:00junio 20th, 2026|Artículos, General|Sin comentarios

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