SEGUIMIENTO E INTERROGANTES
El evangelio y la llamada al seguimiento crean siempre interrogantes. Jamás ofrece seguridades, porque la propuesta desafiante de Jesús nunca nos da “recetas”, cuya observación pueda asegurarnos la fidelidad en ese seguimiento; sino pautas de vida que exigen de nosotros discernimiento, y que nunca son “absolutas” en su concreción, sino completamente relativas a cada persona y a las circunstancias y el momento concreto de su vida; de modo que incluso para una misma persona deben resolverse en forma distinta (a veces hasta contradictoria en apariencia), a lo largo de su vida.
Cualquiera de las palabra aparentemente radicales y exageradas de Jesucristo, como expresión de fidelidad y exigencia de discipulado, podemos convertirla, interpretándola engañosamente, en refugio fácil y cómodo, y en verdadero “opio” tranquilizador de conciencia y generador de autocomplacencia (los cuales son, ya en sí, índices de tibieza y de dudoso seguimiento evangélico). Por ejemplo, en un contexto de miseria o de pobreza, optar sinceramente por el ingreso en una orden religiosa puede encubrir o sublimar inconscientemente un afán de supervivencia, de influencia social, de dignidad humana reconocida,… o, en otros contextos, puede ser una forma supuestamente “elogiosa” de eludir responsabilidades más duras y exigentes de renuncia y de ejercicio de la caridad en situaciones familiares o del entorno que las reclaman con mayor urgencia, cayendo en la farisaica y condenada contradicción de “dedicarme a Dios para no atender a los hermanos”…
Lo cierto es que cuando uno encara sincera y honradamente el evangelio y la llamada de Jesús, como él mismo dice, existe una sola alternativa: o la disponibilidad y actitud de servicio (que se olvida de sí mismo y de sus propias decisiones), o la de pretender ser el dueño exclusivo de nuestra vida cerrando la posibilidad de que el prójimo la altere. Porque ése debe ser el único eje de discernimiento: nuestra actitud de renuncia y de servicio, no hacia quienes nosotros preferiríamos atender, sino al prójimo que en el camino por el que transcurre nuestra vida (consciente, libre, y responsablemente orientada), nos presenta y pone a la vista la “providencia divina”.
En cualquier caso, no es raro que en decisiones en principio radicales y “ejemplares”, precisamente porque plantean rupturas con nuestra vida anterior, y particularmente cuando están provocadas por “conversiones” o “iluminaciones” que podemos llamar “místicas” (dejemos ahora su análisis psicológico-social y su calificación y valoración), obremos con ceguera hacia la realidad más inmediata, palpable y rutinaria de nuestra cotidianidad, la cual juzgamos desde una perspectiva ya demasiado acostumbrada, e insensible al prójimo necesitado, porque no miramos con suficiente atención a las personas cuyas necesidades y carencias no sabemos apreciar, pareciéndonos que en nuestro habitual dia a día no puede tener lugar esa actitud de disponibilidad y servicio, de renuncia y de entrega, que tanto acentúa Jesús como signo único indiscutible de seguimiento. En tales circunstancias, decidirse radicalmente por “dejar la familia y abandonar a los suyos”, para en realidad entrar en otra familia cuyas perspectivas nos resultan más comprensibles, previsibles y atractivas, no deja de tener un componente de “huida”, de búsqueda de seguridad; y de renuncia no a uno mismo, sino a la relativa incertidumbre que acompaña necesariamente toda actitud realmente evangélica de apertura y disponibilidad sin condiciones, y de voluntad de estar siempre atento a quienes nos rodean, a fin de que no se nos pase por alto el caído al borde del camino, y podamos atenderlo cuando lo identifiquemos.
En resumen, el radicalismo en el seguimiento que nos propone Jesús no es el de separarnos del mundo, sino el de que la prioridad en nuestra vida sea la disponibilidad y la entrega a los demás, la renuncia a querer planificar todo exclusivamente desde nuestra persona, nuestras posibilidades y nuestras fuerzas. La ruptura radical es con nosotros mismos y con todo lo que consideramos “nuestro”, para convertirnos en servidores, con esa actitud suya de vivir cada día obsesionados por enriquecer la vida de quien está a nuestra lado y de todo aquel que nos salga al paso, con la mirada pendiente sin descanso de descubrir a quien pueda necesitar de nuestra ayuda. El cómo concretarlo cada uno en cada momento de su vida es el desafío continuo, que permite opciones diversas e incluso cambiantes en el transcurso de la vida precisamente para no “instalarse” ni “adormecerse”. Mantener una actitud despierta es además índice de ilusión en esa tarea apasionante que es acoger agradecida y responsablemente la invitación de Jesús. Porque la coherencia exigible nos la ha de dar lo que nos ha sido propuesto por él mismo como signo de discipulado: seguir sus pasos… Y, como él, identificar en cualquiera al prójimo… convertirnos nosotros en prójimo de cualquiera…
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