ASCENDER AL CIELO
Aunque sepamos que no es una descripción de la realidad, ni nos dejemos llevar por mitologías y falsos misticismos, nos es imprescindible hablar “del cielo y de la tierra” en términos de “arriba y abajo” (así como del supuesto “infierno”, como lo subterráneo y abismal). Sin embargo, en verdad, lo que como cristianos pretendemos decir cuando hablamos de “ascender al cielo”, tanto en María como en nosotros, se expresaría mejor hablando de “descender a lo profundo” de la persona, para encontrar allí lo definitivo de nuestra vida y la meta a la que tendemos, ofrecida y otorgada gratuitamente por Dios en su misterio, misterio situado en el horizonte de esa salvación anunciada y alcanzada por Jesucristo.
Nuestra pretendida visualización de la “Ascensión de la Virgen María al cielo en cuerpo y alma”, no resiste, sin lugar a dudas, una consideración seria, madura y consciente; pero puede conducirnos a una profunda y seria reflexión sobre el regalo de Dios a quien fue una persona privilegiada porque supo adelantarse siempre con un “sí” incondicional, e incluso irreflexivo, a cualquier iniciativa imprevista y sorprendente, (también contradictoria respecto a lo que una entrega absoluta parecía querer significar para ella), de la Providencia divina en su vida.
Desde la debilidad y la inconsistencia de una “teología de la muerte”, que en su expresión mas tradicional, equívoca, sesgada, y teológicamente discutible, e incluso desautorizada por una verdadera y rigurosa antropología cristiana, conduce a incongruencias y aporías; se habla de corrupción del cuerpo y de “resurrección de la carne”, para significar precisamente nuestra perplejidad y desconocimiento ante esa vida eterna en Dios, meta y esperanza de nuestra fe, que implica la preservación de nuestro identidad en ese divino “ser todo en todos”. Y desde esa insuficiencia para abordar tal cuestión, la aplicación a Maria, como prototipo ejemplar, de la plenitud ya alcanzada de esa “promesa segura”, que implica el que somos personas porque nos identificamos con nuestro cuerpo material, y que es tal identidad la que alcanzará la plenitud, nos supone confianza y nos anima en nuestra “docta ignorancia”.
Y no pretendamos más, ni nos conformemos con menos: cuando Dios toca materialmente nuestra realidad material, la anima desde lo más profundo de su misterio, y en el punto de intersección, María, queda marcada una huella que nos permite hablar de lo que nos trasciende y nos supera. ¿Queremos hacerlo con nuestro siempre “falso” lenguaje de “subir al cielo en cuerpo y alma”?, hagámoslo. Pero sabiendo siempre lo que no podemos con ello decir; y lo que, sin saberlo decir, queremos decir…
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