¿ALMA Y CUERPO?
A pesar de hablar de “cuerpo y alma”, nuestra antropología cristiana no está basada en un dualismo platónico (aunque éste desde los primeros siglos nos haya servido de “instrumento” y “pedagogía” para hablar de lo que somos), sino en lo que más bien podríamos llamar un “personalismo integrador”.
La identidad de la persona, indiscutiblemente, es única, y consiste precisamente en esa integración de los diversos componentes o dimensiones que constituyen un único sujeto, desde el trasfondo del misterio de la realidad y de la vida, de la autoconciencia y de la libertad. Cada persona constituye una peculiar y única condensación de inmanencia y trascendencia, cuya razón de ser y cuyo horizonte de sentido y de futuro abre la naturaleza al misterio y nos encara al infinito.
Lo que nos sentimos y sabemos obligados a reconocer y afirmar, es que la persona humana, la identidad de nuestro yo, tiene un plus respecto a la biología que nos es peculiar y propia, exclusiva nuestra, y respecto a lo meramente material y “natural” (incluido nuestro cerebro y sus conexiones y sinapsis). Y ese plus, que concebimos forzosamente en coordenadas espacio-temporales, y que, en definitiva, es “trascendencia en la inmanencia”, podemos nombrarlo de forma distinta: alma, espíritu, impulso vital… pero siempre que con ellos no estemos designando una entidad que subsiste independientemente del cuerpo y autónoma respecto a él. Es decir, hablar de “alma” o sus equivalentes, siempre nos ha de remitir no a una consideración binaria de nuestra persona, pretendiendo dar continuidad y permanencia a un componente (ese alma o espíritu) al margen del otro (el cuerpo materialmente corruptible), el cual sería simplemente provisional y pasajero, casi accesorio e innecesario, algo así como un mero lastre mundanal con el que carga el otro, que sería “el digno”, el que nos concede dignidad y señorío ; sino que apunta, justamente, a la consciencia de nuestra necesidad de fundamento ajeno, y a que nos apercibamos de que la única cabal y coherente explicación de nuestra libertad (identificativa de lo personal humano) y de nuestra propia identidad, del yo que somos, de ese”ser en devenir” único e irreemplazable, de nuestro proyecto vital de futuro, libre aunque siempre condicionado, es asumir ese “algo más” que nos constituye, y al que podemos nombrar de varias maneras, y que integra nuestro “cuerpo”, apuntando con él, y no aparte de él (y por eso hablamos, también misteriosamente, de “resurrección de la carne”) asintóticamente al infinito, a ese infinito cuyo impulso atractivo y cuya huella trascendente tiene que ver con ese plus, el cual nos convierte en persona…
Para que nadie piense que se trata de complicar las cosas, yo diría que podemos seguir hablando sin problemas (y lo seguiremos haciendo), del “alma” para referirnos a eso que escapa a nuestra percepción material y nos es esencial e imprescindible como personas; pero sabiendo que no es una descripción de lo que somos, sino el simple reconocimiento de que eso que somos, nuestra propia y exclusiva persona, nuestra identidad intransferible, no se limita a lo sensible y corruptible, sino que tiene mucho que ver con la trascendencia y su misterio, es inconcebible sin ellos… y que reconocerlo, no nos hace más fácil hablar de ello…
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