¿CORRECCIÓN FRATERNA?

¿CORRECCIÓN FRATERNA?

En demasiadas ocasiones (si no siempre…), la que llamamos, (a veces con todo el cinismo del mundo…), “corrección fraterna”, tiene un retintín de satisfacción y complacencia, y un tufillo de superioridad no confesada, de autoafirmación y convencimiento de  estar nosotros en la verdad; y permitirnos así (sin manifestarlo abiertamente, claro) juzgar al otro, y mostrarle no ya su posible error, sino su flaqueza y la conveniencia de que acepte nuestra crítica y siga nuestros consejos, asumiendo, sin que nadie nos lo haya pedido, el papel de custodios y tutores de aquella persona a la que hacemos ver “su error” y la conveniencia de que lo enmiende y rectifique “por su bien”…

Ciertamente, el evangelio nos dice que, como miembros que somos de la familia cristiana, somos responsables los unos de los otros; y hemos de actuar con la sinceridad, la confianza y el cariño que nos ayuden a mejorar, profundizando cada vez más en nuestra conciencia de discípulos, y creciendo en transparencia y en comunión fraterna.

Precisamente ahí está la única razón y motivo de esa posible actitud de cara al prójimo: desde la comunión y la necesidad experimentada del otro es desde donde alguien percibe que puede ser “luz” para ese otro, mostrándole cariñosamente la posible incoherencia de su comportamiento, para así enriquecer su vida y su persona; y justamente lo hace porque él mismo (el que le advierte) necesita de su luz, y porque esa otra persona enriquece la propia hasta el punto de que prescindir de esa luz suya, o verla oscurecerse (según nuestro criterio), me empobrece  y me entristece a mí al privarme de toda su intensidad. Es entonces cuando, desde esa penumbra u obstáculo al gozo de la comunión que me produce una determinada acción o comportamiento de aquella persona a la que quiero y necesito, cuando me atrevo a indicarle, humilde y triste, la sombra de duda que ha proyectado sobre esa vida fraterna, eclesial y comunitaria.

Ni juzgar, ni condenar, ni pontificar, ni pedir explicaciones; sino expresar nuestra inquietud, nuestra contrariedad, nuestra desagradable sorpresa por algo inesperado de lo que lo creemos responsable, y que hace palidecer esos vínculos cristianos, porque en lugar de enriquecerme, me hacen sentirme empobrecido.

Porque se trata de “salvar al hermano” para así poder ser salvado yo. Ninguna satisfacción en corregir, ninguna pretensión de tener razón o mostrar que se está en la parte correcta, la buena…, ninguna voluntad inquisitorial, al acecho del fallo o error ajeno. Serenidad y deseo de reconciliar, incondicionalidad del perdón y la disculpa, voluntad de verdad, duda sobre el propio juicio, necesidad de luz y de coherencia, deseo sincero de comunión fraterna; solamente eso permite “reprender” o “corregir” al hermano que creemos descubrir en falta…

“Salvar al hermano” es la manera de salvarse a sí mismo… Sólo es santo quien con su vida, y sin necesidad de muchas palabras, santifica a los demás… Porque, en definitiva, ¿qué sentido puede tener “salvarme”, si no se salva conmigo mi hermano?… necesito su salvación tanto como la mía… 

Por |2026-09-04T08:58:00+01:00septiembre 4th, 2026|Artículos, General|Sin comentarios

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