OTRO HORIZONTE

OTRO HORIZONTE 

Hablar de la “Ascensión de Jesús” es confirmar que su vida tenía y convocaba a otro horizonte, a algo distinto de lo que solemos  estimar como lo más importante y decisivo de nuestra vida. Pero no  se trata del “escapismo” fácil e ingenuo, “sentimental y platónico”, al que acudimos como refugio de nuestra incomprensión y de nuestra zozobra frente “al misterio de lo profundo”, frente al asombro ante la realidad, y a la sensación de impotencia e imprevisibilidad del futuro que nos aguarda; todo lo cual nos sume en la conciencia de provisionalidad, de dependencia y de interrogantes sobre el “de dónde venimos y hacia dónde vamos”. 

La “ascensión” no es “escaparse” de este mundo material para llegar así definitivamente al “mundo del espíritu”; es algo más serio y determinante: nos sitúa ante la verdad de nuestra persona y de la vida, nos encara certeramente ante lo que somos y ante el misterio de Dios, al que reconocemos como fundamento, sentido y meta de la aventura de la realidad y como definitivo determinante de la historia, de la creación y de la humanidad.

No se trata de que tenemos “un futuro en el cielo”, lo cual nos desvincula de la tierra y disocia falsamente nuestra persona y nuestra vida. No es “el alma” de Jesús (como no será la nuestra) la que asciende; sino su propia persona, su identidad completa y única, íntegra (que podemos “explicar” como alma y cuerpo si queremos, pero sin caer en dualismos). Es esa vida inconfundible encarnada en él, la que ahora vive ya en plenitud. Se trata, pues, de una llamada a la cordura, a la sensatez; de adquirir plena conciencia, y consciencia, de lo que somos, del proyecto de nuestra vida… y celebrarlo como se merece, como la autenticidad de la dinámica y del ritmo del universo, y de nosotros mismos como individuos. Estamos en camino hacia lo definitivo, confrontados al infinito, convocados a lo eterno.

Nuestra persona, a imagen del propio Jesús, es inmanencia transida de trascendencia; o, dicho a la inversa: trascendencia encarnada en la inmanencia. Y su vida y su evangelio son su invitación y convocatoria constante e incansable a apercibirnos de ello y a dejarnos conducir hacia ese misterio de lo que somos, imagen y semejanza del misterio del mismo Dios. Y lo que nosotros llamamos gráficamente y celebramos como “Ascensión” viene a ser, en su resurrección, su última evidencia, su muestra definitiva y su decisiva “prueba y llamada”. Hemos de celebrarla como experiencia propia de esa trascendencia que nos empapa y como indicador inconfundible y definitivo, determinante, hacia ese “otro horizonte”, que desde la paradoja de lo que somos nosotros y de lo que es Dios, es el único que nos es propio y coherente.

Por |2026-05-16T08:49:13+01:00mayo 16th, 2026|Artículos, CICLO LITÚRGICO A, General|Sin comentarios

Deja tu comentario