¿HABLAR? ¿O ESCUCHAR? (Lc 18, 9-14)
Por pereza en pensar, y por egocentrismo e interés, entendemos tan mal a Dios, que cuando escuchamos a Jesús diciendo que hay que “pedir sin desfallecer”, sacamos la conclusión de que hemos de avasallarle a base de peticiones y palabras, hablándole sin descanso ni interrupción de todo lo que creemos necesitar, y queriendo “convencerle” de nuestras buenas intenciones y de la conveniencia de que nos haga caso y cumpla nuestros deseos (que normalmente son los de salir beneficiados nosotros, los de que él refrende nuestras pretensiones, y los de que nos muestre lo satisfecho que está de nuestro comportamiento dándonos la razón al acceder a nuestros ruegos). Ya que sabemos que no podemos comprar a Dios con dinero, pretendemos hacerlo con palabras, malinterpretando y tergiversando lo que él verdaderamente nos propone al decirnos que lo invoquemos y lo tengamos presente constantemente en nuestra vida.
“Pedid…buscad…llamad…” está claramente referido por Jesús, en el contexto de su evangelio, a Dios y a la salvación que él nos revela y regala, a la gracia y al Espíritu Santo, a su presencia en nuestra propia vida y persona a fin de cumplir su voluntad; y no a invocar privilegios y favores. Nosotros, sin embargo, usamos esas palabras para justifica precisamente nuestra tibieza a la hora de seguirle y nuestra súplica para que todo nos sonría; y para que ese seguimiento, que decimos buscar, y al que afirmamos engañosamente querer dedicarle todo nuestro esfuerzo, nos resulte fácil y barato, sin costarnos nada, e incluso siendo beneficiados y privilegiados en lo material, unos triunfadores en este mundo y unas personas a quienes los demás agradezcan y admiren… nos convertimos sin quererlo en unos Judas en potencia… y la inconsciencia al respecto no anula nuestra responsabilidad. No es eso lo que Jesús nos dice.
Como hemos aprendido sin más que orar es “hablar con Dios”, nos convertimos en meros pedigüeños mezquinos, queriendo así que la “santidad” a la que se nos convoca no nos cueste nada; o en charlatanes de feria, presumiendo delante de él e intentando convencerle de lo bien que haría cumpliendo nuestros deseos… pero sin hacer ningún esfuerzo por escucharlo a él allí donde nos está continuamente hablando: en las personas que nos rodean, y especialmente en quienes necesitan de nosotros, en todos aquellos a quienes podemos servir o acompañar con disponibilidad y alegría. Nosotros estamos siempre atareados y “muy ocupados” para poder atender a los demás y mostrarnos disponibles en cualquier momento; pero a Dios lo queremos siempre a nuestra disposición, y lo urgimos acosándolo en lo que llamamos “oración” y es simple expresión de nuestros deseos interesados; invertimos el Padrenuestro, y en lugar de “hágase tu voluntad en la tierra como en el cielo”, comprometiendo en ello mi esfuerzo, le convocamos a que “se haga mi voluntad”, comprometiéndose él a suscribirla desde el cielo…
Tal vez lo más adecuado, dados los errores a que nos conduce la mala comprensión del evangelio en estas cuestiones, sería cambiar los términos y concluir que orar no es “hablar con Dios”, sino “escuchar a Dios”; y precisamente porque es abrirle nuestros oídos y nuestro corazón, es preciso, imperativo, comenzar por pedirle perdón y mostrarle nuestra gratitud, resumida en tres frases: “Perdón, Señor”, “Gracias, Señor”, “Aquí estoy, para hacer tu voluntad”… El resto de palabras que queramos dirigirle deben poderse resumir en estas. Pero el torrente de verborrea con el intento de convencerle de lo bien qué haría cumpliendo nuestros deseos de que todo salga a capricho nuestro, esgrimiendo como aval las cartas credenciales de nuestra devoción y nuestro “compromiso” (un compromiso normalmente acomodado a nuestro ritmo de vida habitual, naturalmente; y no demasiado exigente, porque viene a ser algo así como dedicarle algo de nuestro “tiempo libre”…); todo ese discurso autojustificativo para legitimar peticiones y recabar favores, son con frecuencia palabras vacías y autoafirmaciones encubiertas.
Es cierto, desde luego, que a Dios no le aburre nuestra insistencia y nos escucha siempre con paciencia infinita y con agrado; pero también es cierto que le entristece nuestra dureza de corazón, nuestra ceguera y sordera, y nuestro empecinamiento en pretender que se haga todo a nuestro agrado, como si no hubiéramos visto y escuchado en el propio Jesús la claridad y contundencia del evangelio, y malgastando así nuestro esfuerzo en hablar y pretender demasiado, sin escucharlo nosotros a él con paciencia y agradecimiento.
Porque Jesús nos lo explica y hace ver todo claramente, abriéndonos al gozo de ese Reinado fraterno de misericordia y de bondad. Y su “pedid…buscad…llamad…” no es una invitación a la elocuencia, a la incontinencia verbal o a la impertinencia; pues en definitiva -son sus palabras-, lo que “mueve montañas” no es un milagro divino de exhibición, sino nuestra propia y auténtica fe, la absoluta e incondicional confianza en él, la cual sólo es posible escuchándole incansablemente y sin necesidad de ninguna palabra…
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