MÁS ALLÁ (Lc 21, 5-19)
Nuestra conciencia, toda nuestra persona, se resiste a considerar nuestra vida como un camino a ninguna parte, que conduzca a un muro infranqueable contra el que nos estrellemos en la muerte. Sin entrar ahora en teologías, ni tampoco en antropologías o metafísicas, la sed de vida del ser humano, su voluntad de vivir y de, consciente y libremente, plantearse su vida como un proyecto, en perspectiva de futuro y de progreso, de mejora y perfeccionamiento constante, de desarrollo histórico y social; siendo algo definitorio de lo humano y de lo personal, nos dota también de un sentido que no podemos eludir (aunque lo silenciemos o le demos distintas y a veces contradictorias interpretaciones) de voluntad de infinito y de trascendencia. Podríamos tal vez decir, por usar una de las muchas terminologías posibles y sin pretensiones de profundidades filosóficas, fenomenológicas o psicológicas, que la inercia de los cuerpos materiales según la física newtoniana, es en el caso de la persona humana, una dinámica de autotrascendencia, un dinamismo “ ultrainmanente”, la inercia hacia el más allá…
Independientemente del rigor y exactitud con que lo expresemos, e incluso sin ser capaces muchas veces ni siquiera de saber decirlo en palabras, ni incluso de poder precisarlo en conceptos, el anhelo más íntimo y genuino de nuestra vida (que ni es una secreción de nuestras glándulas -fisiología pura-; ni un deseo de nuestra mente -pura psicología-), sobrepasa la muerte y nos encara a un horizonte de plenitud, de eternidad, en principio indefinible e indescriptible. Para el creyente ésa es la perspectiva en que se sitúa el misterio de Dios; y para el creyente cristiano, desde esa perspectiva recibe el mensaje-convocatoria de esperanza y vida definitiva, “vida divina”, anunciado por Jesús como “el Reino de Dios”, al que estamos llamados a incorporarnos ya desde “este mundo”, y cuya plenitud y revelación definitiva necesita la muerte de lo caduco y provisional de nuestra persona, la eliminación de los límites materiales y la maduración completa de nuestra propia identidad, siempre en proceso y en devenir.
Los signos de la fugacidad y la provisionalidad de nuestra realidad son tan evidentes; los testimonios de sus límites y de nuestra incapacidad de control y de dominio son tan constantes y tan palpables siempre, en cualquier lugar y en cualquier momento de la historia, que en todos ellos podemos ver, simplemente, “amenazas” a ese anhelo que nos constituye y nos da aliento de vida. Pero si somos sensatos y prudentes, “sabios” y sencillos, conscientes y honrados, no veremos en esas supuestas amenazas ningún motivo de alarma o de temor; sino la mera constatación, y con ello la confirmación, de la verdad de lo que somos y de la fugacidad de lo que vemos; y, con ello, indirectamente, la necesidad de la superación de lo efímero y caduco, la conveniencia de “llegar más allá”, de acceder en plenitud al Reino, de atravesar la muerte, viviendo esa definitiva y “final” aventura.
El evangelio, por encima de todo, nos habla de amor divino y nos exige confianza. Confianza en ese Jesús y en su palabra, que ilumina nuestra vida y la hace rebosar de alegría, de gratitud, y de ilusionada entrega al prójimo, gozando de poder compartirla con él. Y confianza también en ese anhelo profundo ínsito en nosotros, que nos impulsa a su Reino, a un más allá divino, sin duda rebosante y misterioso…
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