EPIFANÍA: “LEER LA VIDA”

EPIFANÍA: “LEER LA VIDA”

Aprender a “leer nuestra vida” no desde las pautas y criterios que nosotros mismos nos habíamos marcado, e incluso impuesto, como exigentes y rigurosos para conseguir una existencia “ejemplar” e intentar ser fieles a esa llamada radical al seguimiento que descubrimos en la persona de Jesús cuando se nos acerca y nos sonríe provocadoramente; sino hacerlo y considerar los acontecimientos de nuestra vida desde la aceptación agradecida, gratuita e inesperada, de lo que nos va saliendo al paso cada día sin haberlo imaginado ni esperado, de aquello que nos sorprende (sea con agrado, sea como decepción y contratiempo), lo que no podemos prever de nuestra cotidianidad, o lo que habiéndolo previsto de un modo determinado nos desconcierta por completo al presentarse de otro muy distinto. Intentar descubrir en todo momento, y empeñarnos en tenerlo siempre presente, que nuestra propia vida está anclada en el misterio de Dios que nos trasciende, y que nunca podremos dominar, conducir o prever; pero que nos conduce constante e imperceptiblemente, desde un abismo de bondad y preocupación por nosotros, de cuidado exquisito, delicado y cariñoso, por el mundo y por cada una de las personas que lo habitan, a la aventura profunda e insondable de la vida.

Ver más de lo que vemos, mirar con mayor profundidad, escuchar con más atención, descubrir cómo la huella de Dios se transparenta en los acontecimientos banales de cada día; e intentar, simplemente, con sabiduría y apasionamiento, con sorpresa agradecida y entusiasmo constante, descubrir la red que él va tejiendo, si lo dejamos, con nuestra insignificante persona y nuestra limitada realidad. Acoger así con ilusión, y como propuestas imprevistas pero exigentes y desafiantes, esas trazas y huellas de su compañía silenciosa pero eficaz; y, al hacerlo, sentir el gozo y la plenitud de ir leyendo, es decir: comprendiendo y saboreando realmente la vida, de no andar errados, de afirmarnos y gozarnos en la solidez de lo que nos ha sido ofrecido como sentido auténtico y plenitud de lo que somos, como el objetivo último y cumplimiento de aquello que nos identifica y nos convoca a un mundo nuevo, más allá de nuestro esfuerzo.

Hay una constante epifanía de Dios en nuestro mundo y en la vida personal de cada uno de nosotros, que queda oculta y escondida, si no abrimos bien no solamente los ojos, sino especialmente nuestro corazón, para dejarnos sorprender e iluminar por la profundidad y el enigma de nuestra propia persona y de la historia y la vinculación a los demás que la va forjando y va conformando nuestra identidad, desafiando a nuestra libertad y a nuestra voluntad, a nuestra inteligencia y a nuestra sensibilidad, para que nos decidamos a aceptar esas dos cosas: la presencia de Dios en su misterio, que nos convoca y dirige hacia él; y la necesidad, para conseguirlo y alcanzar la plenitud de lo que anhelamos, de dejarnos conducir libremente por él; es decir, de valorar y adecuar nuestro proyecto de vida según esa epifanía y providencia suya.

Por |2026-01-04T09:58:54+01:00enero 5th, 2026|Artículos, General|Sin comentarios

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