EPIFANÍA: “LEER LA VIDA”
EPIFANÍA: “LEER LA VIDA” Aprender a “leer nuestra vida” no desde las pautas y criterios que nosotros mismos nos habíamos marcado, e incluso impuesto, como exigentes y rigurosos para conseguir una existencia “ejemplar” e intentar ser fieles a esa llamada radical al seguimiento que descubrimos en la persona de Jesús cuando se nos acerca y nos sonríe provocadoramente; sino hacerlo y considerar
AÑO NUEVO
AÑO NUEVO Sabernos responsables de aportar paz y fraternidad en el entorno de nuestra persona y de nuestra vida. Tener presente que probablemente nadie sino nosotros va a ser portador de perdón, de misericordia y de compasión a nuestro alrededor, en el día a día de nuestra existencia. No dudar de que no hay nada más urgente en nuestro mundo y en
UN DIOS FAMILIAR
UN DIOS FAMILIAR No cabe duda de que la huella mayor, la más importante y decisiva que ha impreso Dios en su creación es la del amor, que se identifica con él mismo y que, por ello, se hace culminante en el cariño de la familia, profundo e incomprensible desde la simple biología, porque ésta desde su mecanicismo evolucionista no puede justificarlo
ANUNCIO Y PROPUESTA(Juan Bautista)
ANUNCIO Y PROPUESTA (Juan Bautista) La persona humana es receptiva, y es también proyectiva. Vivimos en expectación, confiando en que nuestra “receptividad” nos permita (“pasivamente”) acoger impulsos y propuestas que sean coincidentes con nuestras aspiraciones e inquietudes (nuestro “activismo”), las cuales se orientan hacia un futuro ansiado y pretendido, en un horizonte a veces confuso de intuiciones y razonamientos, de esperanzas y
SIMPLEMENTE, VIVIR
SIMPLEMENTE, VIVIR Siempre debemos escuchar las palabras de Jesús y su anuncio del Reino de Dios que él inaugura y que irrumpe en este mundo con su propia persona, haciéndonos cercana y próxima la trascendencia divina, como una solemne, solemnísima, invitación a la vida, en su sencillez y su profundidad. Con la revelación definitiva de quién y cómo es Dios, al compartir
OTRO MUNDO (Lc 23, 35-43)
OTRO MUNDO (Lc 23, 35-43) Las palabras de Jesús hay que tomarlas muy en serio: “Mi reino no es de este mundo”. Por eso él mismo jamás se ha proclamado Rey, a pesar de que su evangelio anuncia la inminencia del “Reino de Dios”; y siempre ha huido de tal deseo de sus seguidores, ya que sabe que es imposible que comprendamos