HACER EL RIDÍCULO (Mt 5, 38-48)

HACER EL RIDÍCULO   (Mt 5, 38-48)

Al comenzar con un grupo de jóvenes serios, responsables e interesados, eso que viene en llamarse “Catequesis de Preparación a la Confirmación”, y que yo llamaría mejor la simple presentación del mensaje evangélico en su carácter desafiante y comprometido, intentando eliminar (o al menos poner en su auténtico lugar, completamente accesorio y distractor de la limpia y clara convocatoria de Jesús al discipulado), todo lo que la larga y complicada historia de nuestra Iglesia “oficial” ha deformado y recargado; se llegó por parte de ellos a la que parece ser la pregunta clave para poder justificar y decidir la integración o no de alguien, sobre todo un joven, en esa auténtica aventura de “descubrimiento evangélico”, pregunta que con toda rotundidad e ingenuidad se planteaba así en sus juveniles labios: “Pero, al fin y al cabo, ¿para qué sirve ser cristiano, seguir el evangelio, pertenecer a la Iglesia…?”  Mi respuesta, como es fácil de imaginar no pudo sino estar a la altura de la pregunta en cuanto a claridad y rotundidad;  y supongo que es la misma que le viene inmediatamente a la cabeza a cualquiera que me esté leyendo: “Ser cristiano no sirve absolutamente para nada. Para lo único que os puede ‘servir’ es para complicaros la vida…”.

Sin embargo, en realidad no fui del todo tan radical y desafiante como el propio evangelio y las palabras de Jesús muestran, porque debería haber añadido: “para hacer el ridículo…”. Sí, para hacer el ridículo ante los sesudos, educados y modélicos ciudadanos del mundo, y ante nuestros propios conocidos y vecinos… Es ése el único aspecto en el que Jesús “no tiene compasión”, aunque nunca nos deje en la estacada…

Es sorprendente que Jesús no tenga miedo, vergüenza, ni “prudencia”,  para decir que “hay que poner la otra mejilla” o “dejarse arrebatar el vestido…”  ¿O se trata sólo de retórica?… ¿Acaso es una forma dulzona e ingenua (y también un poco “irresponsable”) de hablar, que justificaría todas las humoradas y chistes al respecto?…

Sin embargo es bien conocido que Jesús no ha sido la única persona en el mundo ni en la historia que ha hablado de esa manera curiosa y chocante; con más o menos expresividad y contundencia, personajes cuyas palabras y vida pueden considerarse en paralelo a las de Jesús los encontramos (eso sí, siempre como excepción), prácticamente en todas las culturas, también en contemporáneos y en antepasados suyos. Ciertamente es una actitud tan minoritaria que hace que los nombres de sus protagonistas hayan quedado en los anales de la historia sin necesidad de haber provocado conflictos y desastres, haber ganado guerras o batallas, destruido ciudades o esclavizado pueblos y razas… pero el simple hecho de que sus voces hayan resonado, es razón y aliento de esperanza y de ilusión por otro mundo, y nos permite afirmar con toda contundencia que no es el por nosotros inventado “pecado original” ni la avidez de comer del fruto prohibido la única herencia de lo humano…

Porque además de esos personajes destacados, hay una muchedumbre inmensa de hombres y mujeres, que sólo han sabido vivir desde la entrega y el servicio callado y anónimo, sin levantar la voz y sin reclamar nada, de un modo ridículo: sometidos o silenciados pero incapaces de odio y de venganza… son legión… La historia humana está repleta de esas auténticas “víctimas inocentes”, no ya de las condenadas despiadadamente y de los mártires ajusticiados, sino de aquellos otros cuya vida ha transcurrido en una rutina silenciosa incapaz de maldad, resignada y sumisa pero sin angustia ni amargura, y asumiendo de un modo que hoy nos parece con total claridad condenable y “de sometimiento del débil”, una realidad injusta y despiadada pero que no ha movido en ellos ningún reclamo de exigir cuentas o reivindicar derechos, y que ha estado tejido de bondad, de indulgencia y de renuncias. Todos, por otro lado, conocemos a personas cuya bondad, mansedumbre, ternura y delicadeza, cuya aceptación de “hacer el ridículo” nos descoloca…

Pero el hecho decisivo es que las palabras de Jesús no son un exabrupto polémico o una ingenua expresión; y atreverse alguien a poner la otra mejilla después de haber sido golpeado en una es hacer el ridículo de la forma más estrepitosa, una acción completamente gratuita, inútil, y aparentemente sin sentido. Porque “hacer el ridículo” es exponerse públicamente a la burla de todos, normalmente de forma involuntaria y sin haberlo previsto; pero Jesús parece proponérnoslo como algo deseable y voluntario, buscado y pretendido, algo que forma parte de ese definitivo “pero yo os digo” suyo, radical e inexcusable… Y, naturalmente, la pregunta se impone: ¿de verdad nos pide que seamos el hazmerreír de todos y nos sometamos a la burla y al desprecio?, ¿hemos de pasar por tontos y ser señalados con el dedo?… Podemos hacernos todas las preguntas pertinentes ante esa forma tan poco sensata de hablarnos Jesús, pero lo que parece manifestar, fuera de toda duda, es que pertenecer a su grupo de seguidores supone  irremediablemente ser estigmatizado, y que los estigmas del cristiano tienen poco que ver con señales corporales, colgantes con una cruz de oro o plata, marcas o tatuajes, sino que se refieren a la consideración en que se nos tenga y a la rara y poco razonable manera de reaccionar con nuestros semejantes y de tratar a nuestro prójimo; es decir, a nuestro modo de vivir y de convivir; y que los estigmas que provienen de esa actitud y comportamiento son ineludibles, y por eso Jesús lo expone de ese modo tan hiriente y provocador, como si quisiera decirnos con toda claridad y contundencia:  “el ‘pero yo os digo’ no es una alternativa indiferente e ingenua, sino un auténtico desafío a la propia mentalidad humana de revanchismo y de castigo, de reacción automática y defensiva frente a la ofensa, la provocación injusta o el trato despectivo, incluso frente al abuso y el desprecio a la bondad y a la generosidad…”

Dicho con toda claridad: los reflejos del cristiano no pueden ser los de “defensa propia” o el “huir de la quema”… sino justamente los contrarios: disponibilidad absoluta y acogida, acudir en ayuda del prójimo y no imponerse nunca, aunque eso sea tomado como cobardía, miedo o impotencia, y aunque pueda suponernos descrédito, burla o rechazo… El reflejo cristiano, que debe funcionar como un resorte espontáneo e inmediato, es la renuncia a pasar por encima de los demás, o a buscar la altura que lo domina todo y desde allí todo se lo apropia o lo dirige. Seguir a Jesús nos exige humildad, pero también coraje y valentía para no ceder al impulso de indignación y de ira ante la humillación injusta o el desprecio calculado… Porque no es fácil negarse a tomar represalias, a lanzar amenazas, a preparar y programar respuestas compensatorias, a mostrar al enemigo o al rival que también nosotros disponemos de recursos y podemos enfrentarnos a ellos… Por el contrario, lo fácil e inmediato es revolverse contra el ofensor, apuntar con precisión al enemigo, negarse a las disculpas tardías y a reclamaciones o peticiones incómodas, olvidar la clemencia, cambiar de acera cuando atisbamos el encuentro incómodo, alejarnos paulatina e imperceptiblemente de aquellas situaciones o personas que van a reclamar de nosotros dedicación, tiempo o cuidados…

Hacer el ridículo a la manera que nos lo pide Jesús, “amando al enemigo, haciendo bien a quien nos odia, rezando por quien nos persigue…”  no significa, pues, ser necios ni imprudentes, sino que reclama una extraordinaria lucidez y una dosis inhumana, por sobrehumana y divina, de ilusión, de conciencia, y de entusiasmo por la vida, considerándola como una herramienta a nuestro alcance, la única completamente nuestra, para construir la fraternidad en un horizonte de profundo misterio y de futuro divino.

Hacer el ridículo a la manera que nos lo pide Jesús, significa encarnar y mostrar la profundidad y la clarividencia divina, y hacerlo conscientemente, con total voluntad y plena libertad, y “diciéndolo bien alto” pero sin palabras… es la suma coherencia, que desarma el mal, aunque quien lo ejerza no lo quiera aceptar…

No encuentro mejor ilustración para esto que la escena del propio Jesús en su pasión, delante del tribunal, cuando preso y maniatado, es abofeteado impunemente “por haber contestado irrespetuosamente al Sumo Sacerdote…” Lo vemos impotente y dolorido, pero feliz y “en plenitud”, respondiendo firme y claramente, me atrevo a pensar que con una sonrisa triste y forzada (por el sufrimiento), y tal vez amarga (por la incomprensión), pero que se abre indulgente al ofensor (porque Él sólo sabe perdonar), y resulta así su gesto más desafiante (porque es una invitación cariñosa, amistosa y serena, a formar parte de “otro mundo”): “Si he hablado mal, muestra en qué; pero si lo he hecho correctamente, ¿por qué me pegas?…

Es el interrogante desafiante, que surge de esa pregunta ridícula de un condenado a su verdugo, el que culmina una vida ridícula conduciendo a otro Reino

Un comentario

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