¿OVEJAS O CABRITOS? (Mt 25, 31-46)

¿OVEJAS O CABRITOS?  (Mt 25, 31-46)

La revolución que, respecto a la fe y a nuestro intento de comprender a Dios, supone tanto la forma de vida como el anuncio o evangelio de Jesús, alcanza sus últimas consecuencias en el “sistema teológico” o doctrina oficial dentro de la Tradición y el Credo de Israel precisamente en esta escena mateana del Juicio Final, con la llegada del Mesías y el juicio definitivo de Dios sobre el mundo: la identidad de Dios sólo podemos percibirla en aquellos que necesitan del prójimo…

En el marco solemnísimo de un supuesto Juicio Final, el Hijo del Hombre, Juez Supremo Universal, no habla de unas leyes incumplidas, de derechos conculcados, o de deberes escamoteados… No parece tratarse en absoluto de simples mandamientos conocidos, ni de obligaciones que son consecuencia de nuestra fe en Dios; tampoco de un paralelo mundano de cómo deberíamos mostrar nuestro supuesto amor a Él haciendo el esfuerzo de aplicarlo a las hermanas y hermanos. Todo eso es demasiado “externo”; la escena de Mateo nos habla de la propia “esencia divina”, de su naturaleza, su ser divino como “confundido” con el de nuestros prójimos más débiles, impotentes y frágiles…

La sentencia joánica: “Si no amas a tu hermano al que ves, no puedes amar a Dios a quien no ves”, era comprensible y se nos presentaba como consecuencia necesaria de la fe; pero Mateo nos la presenta de un modo invertido y como condición suficiente… y de un modo revolucionario, subversivo, herético, paradójico hasta la incomprensión y el absurdo, desafiante e inaceptable, porque se convierte en la desautorización del voluntarismo bienintencionado… No nos dice simplemente algo así como: “Si crees en Dios, en el Dios desde el que vive y habla Jesús, lo has de amar no en y por Él mismo, sino en tus hermanas y hermanos”; sino que afirma: “ellos son Dios mismo”… y su reverso inaceptable y contundente: “si amas al débil crees en Dios”… ¿Alguien puede admitir tamaña radicalidad? ¿Algún ateo? ¿Algún creyente? ¿No desvirtúa nuestro propio concepto de Dios? Pero no hay duda en Mateo: parece evidente que es algo más que una simple metáfora…

Si Jesús es el caso extremo de la antropología porque es el hombre-Dios, al ser el proto-tipo quiere decir que “la hermana, el hermano, son Dios…”, tan Dios como el mismo Jesús…

El alcance teológico de tal conclusión es absolutamente herético, porque parece una obligada e inevitable deriva al panteísmo (la eterna tentación de la verdadera conciencia cristiana); pero la tesis es rotunda y clara: “Dios se identifica con el prójimo…”; no se compara con él, sino que afirma que “tratar a los hermanos es tratar a Dios”… sin excusas, rebajas o subterfugios… Y, en definitiva, ése es el auténtico misterio en el que nos sumerge la fe en el Dios Padre que Jesús predica y encarna, y al que nos da acceso; ésa es la razón de su identidad humano-divina. Precisamente calificar de exceso y manifiesto error el panteísmo tentador es denunciar el intento simplemente “racional y humano” de comprenderlo, en lugar de sumergirse confiado en el vértigo de ese horizonte incomprensible de identidades distintas: la de Dios y sus personas, la de Jesús y sus naturalezas, la del prójimo y la nuestra propia, entrelazadas aunque no confundidas, pero hasta tal punto compenetradas que solamente podemos experimentarlas “en confusión”; es decir, en comunión “irremediable”…

Y llevados por el vértigo de tal abismo es bueno intentar encontrar una mínima chispa de luz diciéndonos a nosotros mismos que “no hay confusión de identidades, pero sí hay fusión de personalidades…” ¿Tan incomprensible como antes de decirlo?: probablemente sí… ¿Tan apasionante como ese horizonte y perspectiva de futuro divino?: sin duda también…

Un comentario

  1. […] Para seguir leyendo:  http://rescatarlautopia.es/2020/11/20/ovejas-o-cabritos-mt-25-31-46/ […]

Deja tu comentario Cancelar la respuesta