JUAN Y JESÚS (Mt 11, 2-11)

La vida de Juan, el Bautista, no tiene ningún sentido sin Jesús. Pero Jesús tarda demasiado en manifestarse y lo hace de un modo demasiado silencioso e imprevisto, no es nada fácil identificarlo… Tal como nos lo presentan los evangelios, parece que Juan, al igual que le ocurrió a Jesús, tuvo una “vida oculta” previa de preparación, maduración, afianzamiento progresivo en lo que descubriría desde lo más profundo de su persona como un impulso incontenible del Espíritu, que le proyectaba a un horizonte nuevo e incomprensible, insospechado, lleno de interrogantes, de cuestiones imposibles de responder y repleto de inquietudes preocupantes; pero también con una perspectiva de certeza, de cumplimiento de promesas, de apoyo y fortaleza en Dios, de fidelidad y de ese tono de “esperanza contra toda esperanza” al modo de Abraham… Y Juan, el futuro Bautista, abandonó el Templo que reclamaba su servicio como hijo de Zacarías…

Desde su definitiva opción por la austeridad del desierto y el rechazo del sacerdocio al que le correspondía integrarse (¿qué mayor honor para un piadoso israelita?), sustituyendo su previsto y digno oficio sagrado de pontífice por la marginalidad del profeta, ya sólo vive del anuncio: “Está cerca…”; y en la estela del anuncio, reclama con autoridad divina conversión para hacerse digno de acogerlo. Todos los interrogantes de su vida se resuelven en ese grito que suena como un trueno en el desierto, pero que lo sigue sumiendo a él mismo en el pozo del sentido inasible de su vida, al no saber responder a la pregunta decisiva: “¿A quién anuncias?”…

Porque su vida se convierte en baldía y estéril, si no llega ése a quien no merece ni llevarle las sandalias… y en ese caso el fracaso sería estrepitoso y total no sólo en cuanto a la decepción de quien lo escucha ante la falsedad del anuncio, sino porque desmentiría toda su existencia, y supondría haber cimentado sus palabras sobre ilusiones y quimeras, haberse equivocado en cuanto al origen divino de ese ímpetu que lo hizo renegar de los privilegios y honores religiosos, de la presentada como “única Tradición” atestiguada, conocida y venerada…  Sin Jesús, Juan el Bautista se ha alimentado de la falsedad y la alucinación, se ha convertido en un simple embaucador y en guía pernicioso, ha decepcionado y conducido al engaño y a la perdición a ilusionadas personas sencillas de buena voluntad, a las que decepciona y amarga después de haber alimentado su ilusión y su esperanza… si no viene ese Mesías, de quien se proclama precursor, se ha convertido en un charlatán y embaucador que condena a la eterna resignación a quienes confían en la atracción que ejerce, en esa fuerza que le arrastra impetuosa y le lleva a enfrentarse a reyes…  ¡Qué vida desperdiciada, qué escándalo para los sencillos de corazón, qué ciego guiando a ciegos, si su anuncio es falso y su urgencia mera palabrería!… Y ahí está la duda de Juan, su inquietud, el miedo que corroe sus entrañas: ¿a quién anuncio?…

La oscuridad se cierne sobre él: sobre su Dios y su evangelio, sobre la lucidez deslumbrante que le llevó a quebrar su religión y a dejarse consumir por un fuego profundo que le exigía el desierto y no el Templo; y sobre la amenazas del callejón sin salida al que ha conducido con ese bautismo ritual suyo a un pueblo expectante, al que puede haber conducido a la mentira, a la desesperación, o al desastre… El riguroso e intransigente defensor de la verdad puede haberse hecho propagador de la más cruel de las mentiras; el que predica a un Mesías Salvador, el cumplidor de las promesas, en un charlatán más, cuyo paso por la historia sea un triste recuerdo o, peor aún, una maldición inmerecida…

Porque lo cierto es que el Bautista en la cárcel es el prototipo de una vida frustrada, y su conciencia no puede revelar sino la amargura del fracaso y la evidencia de la “derrota”, del desmentido a todas sus pretensiones con la lógica implacable de los hechos… Pero es ahí, precisamente, donde va a manifestarse su grandeza; es entonces cuando se ha de hacer evidente lo descomunal de su estatura humana; precisamente cuando todo son tinieblas… Porque “el último de los profetas”, el más grande, el Elías recidivo, “el mayor de los nacidos de mujer”, no es el hombre seguro y brillante, sino el que más duda; no el de las evidencias incontestables, cuya vida está marcada por el esplendor y las seguridades, sino la persona que más miedo tiene de sí mismo… porque su vida no se sustenta ni se proyecta en la claridad y las certezas, sino que se encuentra siempre naufragando en el abismo… no posee una visión “más lejana” que el resto, sino un mayor descenso a lo profundo, de modo que todo en él se resuelve no desde la seguridad orgullosa y autosuficiente, sino desde la confianza dubitativa y frágil, temerosa y débil… Porque el profeta no posee unas murallas y una torre más alta, como una atalaya privilegiada para observar con más tranquilidad, sino una más incomprensible y desconcertante inquietud: la del sentido de la trascendencia aparentemente imposible, cuya comprensión y dominio se le escapa, pero que le impele a un compromiso ineludible y violento por esa “causa de Dios” que le subyuga y que, sin entenderla, le supera y le domina porque no quiere resistirse a ella…  Y ser profeta no es gozar del éxito y el triunfo, sino estar condenado a la incomprensión y al desierto asfixiante de la incertidumbre y de la duda; y, en el colmo de la tragedia, es correr el riesgo de convertirse en el ejemplo y prototipo del mentiroso y del fracasado, en el profesional del engaño y en modelo de la angustia… Y Juan el Bautista, en la cúspide del profetismo, no puede sino experimentar un vértigo mayor: no son sólo sus seguidores quienes están a la espera de que llegue Aquél a quien él anuncia, es también él mismo el que necesita imperiosamente saber que no se ha equivocado, y que ese anuncio era realmente un encargo, la misión de su vida, y no el sueño de un iluminado o la proyección obsesiva de un desequilibrado…

Cualquier otro profeta puede dormir con la conciencia tranquila relegando al futuro su mensaje tras haber convocado a un tiempo divino venidero, pues sólo pretende ser portavoz de una promesa y suscitador de esperanza; pero “el último”, el que anuncia no la promesa sino su cumplimiento, y señala la llegada inminente, necesita mostrar e identificar al que anuncia. De lo contrario es un farsante, el mayor embustero de la historia, y además se condena a sí mismo a la amargura, y será el primer testigo acusador y su propio juez, que le condenará al aniquilamiento y a la nada…

Y es que Juan, el Bautista, no posee la seguridad absoluta e inconmovible del creyente convencido, sino la confianza radical pero inquieta y “desesperante” del profeta, siempre puesta a prueba por la carencia de certidumbres palpables o de argumentos irreprochablemente concluyentes… su misión es conducir al pueblo a la Tierra Prometida, pero estar condenado a no entrar en ella; y sin embargo, para ello debe saber y poder identificarla, y verla surgir en el horizonte… y eso el Bautista no lo ve, y sufre…  Por eso también la respuesta de Jesús no es impositiva ni tajante, no es reproche ni recriminación, sino más bien sugerente y delicada: “Id y decidle lo que veis…” para que pueda él mismo deducir: “¿No os basta con esta inesperada irrupción de alegría y de salvación inmerecidas?”…

No queramos, pues, buscar la previsión y automatismo de silogismos encadenados obedientes a las leyes de nuestra lógica prosaica, sino abramos el corazón al calor de la presencia de Alguien que cambia drásticamente el tono y el horizonte de nuestras vidas…

No hay (¡ha de saberlo!) otra respuesta, basta lo visto y lo oído… Y aceptada esa sencilla e iluminadora conclusión a lo que el Bautista presentía tal vez como pregunta incisiva y apremiante, que parecía reclamar una respuesta concluyente y solemne, motivo de “toma de postura” y delimitación de un supuesto “frente de batalla”; es entonces cuando surge de Jesús el elogio del profeta y su refrendo, la afirmación concluyente del sentido de su vida y su mensaje, cuyo resumen no puede ser otro: “lo viejo ha pasado, lo nuevo ha comenzado”… el único sentido del Éxodo y de su caudillo era llegar al Reino prometido, pero el río que le impide el acceso solamente puede cruzarse con Jesús… lo otro es ya pasado…

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