¿ASTUCIA NUESTRA? ¿O IRONÍA DE DIOS? (Lc 16, 1-13)

Siempre nos resulta incómoda esta parábola de Jesús. Dicen que tradicionalmente ha sido, y parece que sigue siendo, la más oscura de interpretar, por lo difícil que parece a primera vista encajarla en el contexto de su enseñanza, orientada siempre a la generosidad, al desprendimiento, a la delicadeza y la bondad. De hecho Lucas la sitúa inmediatamente después de sus “parábolas de la misericordia”, cuya cumbre es la que llamamos “del hijo pródigo”; y el contraste es brusco y en apariencia no puede ser mayor: de la misericordia y el perdón al fraude y la astucia…

Está fuera de toda duda que no hay el más mínimo detalle en la vida o en las palabras de Jesús, que pueda suponer un estímulo para la codicia, el engaño y el fraude; ni siquiera para la simple ambición desmedida por enriquecerse, no ya a costa de defraudar la confianza puesta en ti y de la explotación del prójimo, sino incluso como objetivo “justo” en la vida de alguien que quiere ser discípulo suyo. El único camino digno y coherente para acceder a “su Reino” es la aceptación de su invitación al discipulado, a la comunión con Dios y con los hermanos por medio de la entrega desinteresada y el servicio. No hay atajos para llegar a él, ni rebajas para alcanzarlo… La búsqueda de la riqueza y la ganancia como objetivo, el afán y esfuerzo por acumular, el mercadeo y la estricta ley de la oferta y la demanda, la supuesta legitimidad de exprimir a nuestro favor el uso de derechos, concesiones, privilegios o ventajas, están completamente desautorizados para sus discípulos: ellos han de vivir “de otra manera”…

Por eso el elogio del amo (que podría representar al mismo Dios, conocedor de nuestra irresponsabilidad, negligencia, incluso maldad en el cumplimiento de esa tarea que es nuestra vida), nos resulta particularmente sorprendente y molesto… Pero hay un detalle importante, diríamos que fundamental, que no nos puede pasar por alto: es que el amo se nos presenta desde el principio como bondadoso (y no como autoritario, riguroso e inflexible), llamando al orden y despidiendo al administrador, sí; pero sin exigirle compensaciones, poner denuncias, ni reclamar justicia… Porque el delito es flagrante y la culpabilidad manifiesta; por eso el administrador calla y no aventura una sola palabra de excusa… ni siquiera se lanza a sus pies, pesaroso y arrepentido, pidiendo clemencia… ¡Ni un mínimo intento de disculpa!… Conoce bien su delito, se sabe culpable… y no por un simple hecho aislado, por una “caída” ocasional, fruto de la debilidad en un momento desgraciado… Ante la historia, ahora ya puesta de manifiesto abiertamente y conocida por todos, de su mala gestión y sus abusos no puede argumentar aduciendo arrepentimiento; sería el colmo de la hipocresía… sabe bien la fosa que se ha cavado y en la que ha caído…

Pero sí que percibe claramente (seguramente ya la conocía y por eso se permitió ese fraude continuo y persistente en sus bienes), la extraordinaria bondad de su amo: no le reclama los daños, ni lo mete en la cárcel, sino que se limita a exigirle la presentación del estado de cuentas y su despido. Sin castigo ni represalias. Únicamente con la decepción de haber confiado en alguien, cuya zafiedad le hacía indigno… Y es entonces, ante la constatación de la bondad, cuando su inteligencia se vuelve pura astucia: contando con esa bondad va a intentar la única salida posible para no tener que recurrir a una “vida infame”: va a explotar la bondad…

Siendo así las cosas, la única justificación que damos siempre a la actitud elogiosa del amo, es esa consideración evidente de que no se alaba en absoluto la codicia y el fraude, que son palmariamente reprobadas sin ninguna duda y de modo contundente; sino la agudeza con la que una persona incluso deshonrada y sin escrúpulos es capaz de gestionar sus bienes materiales en momentos especialmente arriesgados, aceptando renuncias, para concluir de ello que debemos en consecuencia aplicar toda nuestra sagacidad, con mucho más motivo y mayor diligencia y capacidad de “sacrificio”, en no dejar pasar las ocasiones que Dios nos presenta en la vida, y no consentir en perder ese horizonte de plenitud y eternidad al que Él nos convoca. Así pues, es como decirnos: si pusiéramos el mismo empeño en ser fieles a Dios y atender su llamada, del que ponemos en nuestros bienes, siempre caducos y provisionales, mostraríamos verdaderamente nuestra dimensión humana y descubriríamos el abismo de alegría, de bondad y de paz que nos es regalado, anunciado y prometido a través de la vida y el evangelio de Jesús. Y no estaríamos siempre con quejas y lamentos…

Pero me gustaría hilar todavía más fino en esta sorprendente parábola. No me conformo con pensar que Jesús se propone solamente poner al descubierto nuestra mezquindad para con los “asuntos de Dios”, en flagrante y evidente contraste con respecto a nuestra agudeza y astucia en relación a nuestros negocios e intereses mundanos; sino que quiero ver ahí la presentación por parte de Él de una sutil y divertida ironía de Dios, y dejar patentes dos cosas: por un lado nuestra inevitable torpeza, nuestra zafiedad y nuestra triste categoría como personas; y por otro, su extraordinaria paciencia y “humor” en su empeño por salvarnos e invitarnos a que consideremos con libertad, verdad y transparencia quiénes somos nosotros, y quién y cómo es Dios con nosotros…

Y el meollo de la cuestión, la sutileza y la finura de Dios, y el humor y la sonrisa divina, lo veo justamente en lo que parece ser la astucia digna de admiración del administrador corrupto: esa astucia le lleva y le “obliga” a ser generoso y ejercer la bondad, precisamente a él, que sólo buscaba el beneficio propio al coste de los demás, y cuyo comportamiento venía dictado por la ambición y la codicia… Dios, ejerciendo solemnemente sus apelativos divinos: la Verdad y la Bondad, le ha obligado a que él mismo, por su libre voluntad y con toda publicidad, renuncie al beneficio propio y favorezca al débil, haciéndose prójimo de quien antes tenía por servidor y esclavo, simple instrumento de enriquecimiento y de poder, de ostentación y de vanidad… ése que antes era objeto de explotación y probablemente de desprecio, se ha convertido ahora en ocasión de compasión y de piedad… y renuncia a sus ganancias favoreciendo a quienes eran sus víctimas…

La bondad del amo con el administrador provoca y “obliga” a éste al ejercicio libre y premeditado de la genrosidad, algo seguramente impensable para cualquiera que lo conociera u observara su comportamiento y su vida… sin duda algo inimaginable por él mismo, algo completamente imprevisto… sorpresa divina… Dios nunca emite sentencia condenatoria: se lo impide su bondad… pero esa propia bondad divina desvela inequívocamente nuestra culpabilidad y provoca también nuestra, de otra manera imposible, bondad… La bondad de Dios se vuelve contagiosa…

Porque la piedad exige siempre previamente la verdad, que nunca queda disimulada, silenciada o encubierta por ella; al contrario, para ejercerse necesita estar precedida del reconocimiento de lo inapelable: nuestra culpabilidad inexcusable, la asunción de la responsabilidad de nuestros actos. Y sólo cuando hay reconocimiento de lo real, es posible el ejercicio de la bondad. Pero cuando se da ese reconocimiento, y uno constata que se queda sin palabras exculpatorias ante un Padre que no le acusa aún sabiendo su delito, sino que le quiere revelar toda su bondad precisamente al manifestarle cómo conoce la verdad de su vida: su falta de escrúpulos y su afán ventajista… y que conociéndole no le va a pedir cuentas, sino que se limita con ponerlo frente a sí mismo y al espectáculo de su vida, que por mucho que quiera evitarlo, se hace pública y no podrá ser silenciada… cuando uno percibe toda esa grandeza, se atreve a lo que le era imposible, y contagiado de la delicada ironía del mismo Dios, muy superior a la astucia propia, se deja inundar de ese exceso de indulgencia y convierte su agudeza en instrumento de piedad y, con ello, en posibilidad de salvación…

Es la propia y sorprendente ironía de Dios quien nos sitúa en su horizonte y nos contagia su bondad, usando para ello nuestros propios argumentos… Sepámoslo, porque tras ello solamente nos queda el agradecimiento y la perseverancia… Dejémonos atrapar avergonzados por la verdad de Dios, sonriamos con Él por nuestra torpeza, y no consintamos en no dejarnos “contagiar” de su indulgencia y su bondad…

2 Comments

  1. Nines 21 septiembre, 2019 en 11:46 - Responder

    Me has hecho sonreír imaginando a Dios, omnipresente, observando al administrador corrupto perdonando deudas. Nunca me había pasado por la mente ese argumento. Realmente divertido, es una GRAN ironía.
    Gracias por la sonrisa y sobre todo por la alegría de sentirnos envueltos en la bondad de Dios.

  2. Tato 21 septiembre, 2019 en 23:38 - Responder

    ¿Por qué nos olvidaremos tantas veces de que lo más genuino de Dios es la sonrisa y la alegría?

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