LLENARSE DE DIOS

La realidad es sacramental, y si uno la mira con ojos profundos nos habla siempre de Dios. Es parte de la enseñanza y del encargo de Jesús: mira la realidad desde lo profundo y descubrirás siempre la huella del Creador, su voluntad de convocarte a un horizonte de plenitud al que apunta tu vida; no te conformes con lo que puedes ver, manipular, dominar, comprender…. Hay una dimensión de enigma y de misterio que constituye el fundamento y la plenitud, y es a ella a la que estás convocado…

La realidad no tiene dos estratos: profano y sagrado, civil y religioso… como ámbitos separados y que discurren en paralelo, sino que es una; del mismo modo que nuestra identidad no está dividida en material y espiritual, sino que es personal, única en su misterio insondable. No existen “compartimentos estanco” en la naturaleza ni en la persona, sino una doble dimensión o perspectiva: la de su fundamento, que se hunde en lo inasible, y la de su manifestación en nuestra realidad, sometida a sus límites y condiciones. De ahí que hablemos de su sacramentalidad, y de que el evangelio aporta lucidez y clarividencia para hacernos cargo de la realidad, mucho más que reclamarnos una actitud reverente, postular una doctrina moral o reglamentos de culto y de piedad… ni siquiera reclama, como tantos “puros” de entonces y de todos los tiempos han pretendido, separación o “huida” de este mundo, vida solitaria  aislamiento voluntario o reclusión sacrificada. La naturaleza y las personas son, pues, signos de Dios y su misterio.

Pero, a la par que lucidez y clarividencia para leer y vivir nuestra realidad desde Dios, con esa profundidad que su sacramentalidad nos reclama; Jesús convoca a dar un paso más y pide a sus discípulos que no se conformen con saber que son signos de Dios (eso lo seremos siempre; lo queramos o no, la huella de Dios está en la persona humana), sino que se conviertan en portadores de su divinidad; es decir, de su misericordia y su bondad… Dicho de otra manera: que nos llenemos de Dios, que vivamos desde Él…

En toda la historia de la humanidad Jesús ha sido la única persona “llena de Dios”. Y ello hasta tal punto que, entre tantos personajes legendarios y ejemplares de toda cultura y religión, es el único del que alguien se haya atrevido a decir que era la encarnación de Dios, el mismo Dios en su misterio, la identidad humana del mismo Ser Supremo. Por eso de Él podemos decir, resumiendo casi con ello su forma de vivir, que rebosa vida en paz y alegría; y que, casi inconscientemente,  “se le escapa” la bondad… Y justamente Él, Dios encarnado, en persona, nos llama, nos convoca, nos sugiere, nos provoca, nos invita y pide que nos dejemos también nosotros “llenar de Dios”…

Pero no está en nuestras manos “llenarnos de Dios”, sino en las suyas… Lo que a nosotros nos corresponde para que eso sea posible es “vaciarnos de nosotros mismos”: de nuestras ideas, prejuicios, proyectos y programas; de nuestro conocimiento y de nuestra “buena voluntad”; de nuestras pretensiones de dictar “lo justo” y “lo santo”; incluso de nuestra devoción y afán de culto y de homenajearlo a Él; de todo protagonismo voluntario y de nuestro egocentrismo imposible de erradicar completamente… solamente entonces, el mismo Dios nos irá llenando de Él… y lo hará de la manera que menos sospechamos: inundándonos del prójimo, de hermanas y de hermanos a los que aproximarnos para descubrir en ellos el rostro que toma la misericordia y la bondad, la mansedumbre y la ternura…

Cuando vacíos de nosotros mismos y de nuestra presunción de “creyentes practicantes”, nos acercamos al caído y no damos rodeos; cuando decidimos ser prójimo del otro y no quedarnos a la espera de que aparezca, es entonces cuando con la paz y la alegría provocada por Jesús y su mandato, nos convertimos en portadores, no sólo signos, de Dios; y Él nos va llenando de su plenitud y su misterio. No busquemos, pues, otros lugares u otros medios; no los hay. Como nos propone Jesús: con los ojos bien abiertos para descubrir a nuestra hermana y nuestro hermano, al aproximarnos para restañar sus heridas rebosantes de amor y de piedad, es el mismo Dios quien nos llena de Él, quien nos abraza y nos hunde en su infinito…

Por |2019-07-22T20:10:05+01:00julio 22nd, 2019|Artículos, General|Sin comentarios

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